En la obra podemos ver un enfrentamiento simbólico entre el humilde campesinado ruso (el tío Vania, Sonia) y los ciudadanos, especialmente los intelectuales europeizados (Serevriakov y su joven esposa Elena). Sin embargo, todos ellos comparten algo: una profunda infelicidad. Serevriakov sufre porque es viejo, Elena sufre porque su marido es viejo. Vania se siente frustrado porque se da cuenta que ha dedicado toda su vida a trabajar por un estúpido al que antes admiraba: su cuñado Serevriakov; además, es incapaz de llevar a buen puerto sus relaciones con Elena, que le esquiva. Y Sonia, quizás la única de este cuarteto que pueda inspirar alguna simpatía natural al lector, ya ha asumido la dureza de su porvenir: trabajo y soledad; sin embargo, la conciencia de no ser hermosa y por ello no poder aspirar al amor del médico rural Astrov la atormenta. Finalmente, Astrov es el personaje más equilibrado de la obra: el único personaje que mantiene cierto grado de humanismo; no obstante, él también se ve abocado a las pasiones que inspira Elena.
Es curioso que tantas obras naturalistas -también realistas, por extensión-, tratando de mostrar al ser humano tal como es, sin romanticismos, acaben subrayando su profunda desgracia, el absurdo de su existencia.