martes, marzo 27, 2007

Una defensa de Houellebecq

Artículo original de mi anterior blog. Voy a eliminarlo, y estoy poniendo aquí los artículos -pocos- que tenía allí.

Michel Houellebecq está de moda. Este escritor francés, que afirma ser principalmente un poeta, ha saltado a la fama mundial gracias a sus novelas; tanto es así que mientras podemos encontrar todas sus novelas traducidas -y la mayoría en formato bolsillo-, de sus libros de poemas sólo está traducido Renacimiento. Por ello quiero defenderle en el territorio donde más ha sido atacado: su narrativa.

Antes que nada, debemos buscar sus influencias. Creo que con estas tres queda bastante bien esbozado el personaje: Céline, Lovecraft y Camus (éste último algo menos); da miedo, ¿eh?. Profundizando, encontramos en la correspondencia de Lovecraft una frase que según el mismo Houellebecq, iluminó la compresión del hombre contemporáneo y resume su obra: "El valor de un ser humano se mide hoy en día por su eficacia económica y su potencial erótico"*. Hasta aquí ningún problema: nuestro Michel parece un autor más dispuesto a cantarle las cuarenta al sistema. ¿Qué es lo que diferencia a Houellebecq de los demás autores antisistema? Pues, principalmente, en que nuestro autor sufre del mal de Schopenhauer; un pesimismo radical que le lleva a abominar del ser humano. Sus soluciones no pasan por el cambio de sistema, sino, como se deja ver en Las partículas elementales, por cambiar al ser humano en sí, cosa que no puede dejar de recordarme a Fukuyama.


"No aceptaría un premio Nabokov porque me parece un escritor muy malo". Ésta no te la voy a perdonar, Michel...


Una de las críticas más absurdas que se hacen contra Houellebecq es que sus obras son racistas, machistas y todos los -istas que a usted se le ocurran. Es absolutamente cierto, Houellebecq hace comentarios poco loables de los árabes y de las mujeres. Pero esto pierde todo su sentido cuando también ataca a los europeos y a los hombres. Todos los -ismos de Houellebecq son sintetizables en una palabra: misantropía. Y contra esto, poco hay que decir.

Otra crítica: Houellebecq es un autor de best-sellers, que busca la provocación fácil. Ésta sí que tiene miga; efectivamente el estilo de Michel no es especialmente elaborado, y en muchas ocasiones da la impresión de buscar constantemente la frase hiriente. Pero... ¿qué hay de malo en ello? Como decía Goethe, "la única condición para tener un buen estilo es tener algo que decir". Y, a diferencia de los autores de best-sellers convencionales, Houellebecq tiene mucho que decir (desde luego, este hombre sólo podía convertirse en un superventas en Francia).

La última crítica a la que responderé en este artículo me la ha dado el forero pepecollins (de los foros de la acb). Según él, Houellebecq le parece una mala copia de Camus. Nótese que pepecollins opina esto después de leer Ampliación del campo de batalla, primera novela del autor y que hay que admitir que tiene cierto parecido con El extranjero. Sin embargo, y aunque ya en sus novelas posteriores se distancia, quiero denotar las diferencias entre el absurdismo de Camus y el de Houellebecq.
La filosofía de Albert Camus es muchísimo más intelectual y filosófica en un sentido clásico que la perspectiva de Houellebecq; ésta última es un ataque visceral, mucho menos estructurado que la dialéctica del argelino. Podriamos decir que mientras que Camus protesta por la falta de amor, Houellebecq lo hace por la falta de sexo. Cosa que no es tan risible como pudiera parecer.

Para acabar, quiero citar un trocito de la última obra del autor de hoy: La posibilidad de una isla. Esto es lo que opina el personaje cuando sintoniza con un programa cultural en la televisión española:
era más que un azar, era un milagro, porque los programas culturales son raros en la televisión española, los españoles no aman los programas culturales, ni la cultura en general, es un territorio que les resulta profundamente hostil, a veces se tiene la impresión, cuando se les habla de cultura, de que se les hace una especie de ofensa personal
¿Cuántas veces habré pensado yo lo mismo?

PD: Creo que la crítica de Houellebecq al liberalismo queda resumido con estas líneas de Ampliación del campo de batalla:
En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas ; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad"

*:Si alguien ha llegado hasta este blog a partir del enlace de mi firma, seguro que le suena esta frase. Por cierto, la primera obra de Houellebecq fue un... ensayo sobre Lovecraft, cuyo título nos deja muy claro el enfoque que sigue el autor: H.P. Lovecraft - Contra el mundo, contra la vida.

Grandes personajes: Jack T. Chick

Artículo original de mi anterior blog. Voy a eliminarlo, y estoy poniendo aquí los artículos -pocos- que tenía allí.

Lo admito, he sido un infiel. Durante años vagué por el desierto de la incredulidad, ciego ante la más humana de las evidencias: que Dios estaba conmigo. Anteponía ridículas creencias rojiprogres como la teoría de la evolución a las lógicas enseñanzas de nuestra Sagrada Bíblia.

Una muestra de un par de las obras de Chick que me han ayudado a encontrar el camino:




Nótese la habilidad argumentadora de Chick: ¿cómo lo saben si no lo han visto? Obvio es que eso no vale para la mano que inspirada por Nuestro Señor escribió el Libro de los libros.


Y es que encima de ignorantes, los evolucionistas son feos.

¿Abuelito?

¿Cómo ha logrado Chick ver tan claro a través de los velos que Satanás pone entre nuestros ojos y nuestro buen Jesús? Debemos saber que nuestro Jack es un born again christian, como otro de los grandes líderes de nuestra era, George W. Bush. Leamos el estremecedor testimonio del propio Jack, en el que nos revela como se produjo su salvación: "Dios ya estaba trabajando en mi corazón, pero cuando Fuller dijo: 'Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos', caí de rodillas y mi vida fue transformada para siempre".

Pero Jack T. Chick tiene mucho más que decirnos: por ejemplo, que el catolicismo no es cristiano. Uno que se educó en un colegio marista y tuvo que soportar los rollos matutinos de sus profesores -entre ellos el de una hippy que nos leía a Bucay todas las mañanas- siempre lo había sospechado, pero Chick nos da pruebas irrefutables.


Mi sueño hecho realidad: todos mis ex-profesores de cabeza al infierno. ¡Jua, jua jua!

Extremaunción

La genial forma de argumentar de Chick, batiéndose en igualdad de condiciones con el rival dialéctico y dejándole en ridículo una y otra vez no puede dejar de recordarnos a un nuevo Sócrates, pero superior: mientras que en el Día del Juicio Chick estará entre angelitos (por cierto, Jack ¡descúbrenos su sexo!), Sócrates se irá de cabeza a la caldera, por hereje de mielda.

Para acabar, no podemos dejar de recomendar que visiten su web, en la que además conocerán que Halloween es una festividad satánica o el ejemplar tratamiento que recibirán sodomitas y heterosexuales promiscuos varios cuando el Señor pase cuentas con nosotros.

Y recuerden niños...

jueves, marzo 15, 2007

Jakob von Gunten, de Robert Walser

Jakob von Gunten era la novela favorita de Kafka, y después de leerla a uno no le cabe duda del motivo. Si Kafka en la literatura universal simboliza al hombre humillado, aplastado por el sistema, Walser es el ideólogo de este ser: en ocasiones me llegaba a recordar aquellas fábulas distópicas que Dostoievski introdujo en sus novelas Los Demonios y Los Hermanos Karamázov; es como si aquella opinión del Gran Inquisidor, someter a la enorme mayoría de la población a un estado de ignorancia total para garantizarles la felicidad, encontrara en el escritor suizo un sistematizador, alguien que dibujara los trazos de este infrahombre ideal. El problema es que, por su propia naturaleza, es imposible que este infrahombre tenga ideología: para él la esencia debería preceder a la existencia; se limitaría a vivir, y para sortear que el hombre nace sin esencia, los Grandes Inquisidores preparan la esencia de todos los hombres, y moldean su existencia para que coincida. Sin embargo, el problema de Walser radica en que trata de ser a la vez Gran Inquisidor y súbdito idiotizado y feliz: al ser escritor, al dibujar la figura del infrahombre ideal, ha de abandonar el estado natural propio de este ser para convertirse en artista, es decir, en un fenómeno rigurosamente humano, y por lo tanto, que contiene dentro de si la infelicidad.

En definitiva, Robert Walser es la evolución lógica de Nietzsche: después de que las trompetas wagnerianas ensalzaran llevaran al hombre al Valhalla, éste necesitaba sumergirse en la mediocridad. Igual que Nietzsche, Walser habla directamente al individuo.

miércoles, marzo 14, 2007

Madame Bovary, de Gustave Flaubert

Madame Bovary, o la represión del realismo, esa es la idea que quiero desarrollar en este artículo. Cuando uno piensa en las obras más representativas del realismo, la primera que le viene a la cabeza a uno, junto a los nombres de Balzac o Zola, es la Madame Bovary de Flaubert. Pasajes como el baile de gala -eternamente comparado con el Anna Karénina- o la descripción del sombrero de Charles Bovary forman parte de la historia de la literatura y en muchos manuales se les cita como verdaderos emblemas del estilo realista: Gustave Flaubert, con el permiso de Balzac, se ha convertido en el escritor realista por excelencia.

Si queremos buscar influencias en la trama de la novela, se hace obligado señalar a la novela favorita de Flaubert: Don Quijote. Emma, como Alonso Quijano, tiene el seso sorbido por la literatura; en su caso, son esos folletines amorosos tan típicos del XIX los culpables de su comportamiento excéntrico, entendiendo excéntrico como "fuera del centro" (social) es decir, extraño para los usos de la época. Pero, retornando a la comparación, existe una diferencia importante entre la distancia emocional que establece Cervantes entre él y su personaje, y esa inquina subterránea que el lector siente en algunos fragmentos de la novela de Flaubert. No es que Flaubert se atreva a desaprobar directamente a su creación: más bien parece una furia secreta, algo personal.

¿Por qué podría Flaubert odiar a Emma Bovary? Creo que el motivo se nos revela en Memorias de un loco, breve obra de un jovencísimo Flaubert. El autor nos habla directamente: se trata de un monólogo similar a la mayoría de libros de Nietzsche. Flaubert es aquí un romántico, un místico, alguien que parece tener un concepto de la literatura mucho más cercano al concepto de literatura de Cervantes que al de Balzac; y sin embargo, se hace evidente que este Flaubert ya intenta imitar el estilo de su época: una minuciosidad en los detalles que ha sido siempre el símbolo del realismo.

Decía Borges que a Flaubert le costaba escribir, y yo corrijo: a Flaubert le costaba escribir como realista. Es por ello por lo que ataca a su Emma; ella es el verdadero Flaubert, una expresión de sus tendencias naturales. El que escribe, en cambio, es un artista tremendamente atado por la moda estética de su tiempo.

sábado, febrero 17, 2007

Cartas desde Iwo Jima, de Clint Eastwood

Hace tiempo estrenada en América, por fin nos llega la última película de Clint Eastwood, por la cual opta al Oscar a mejor película y mejor director: Cartas desde Iwo Jima. Es esta la segunda de las dos películas que Eastwood ha dedicado a relatar una de las batallas centrales de la guerra en el Pacífico: la batalla de Iwo Jima, primera ocasión en la que las tropas americanas pusieron el pie en suelo nipón.

En esta ocasión la película se centra mucho más en la batalla en si, pues Banderas de nuestros padres ponía el acento en la campaña propagandística que emprenden los "héroes de Iwo Jima" a instancias del gobierno estadounidense; así tito Clint nos contaba una historia sobre la creación de héroes, la manipulación de la opinión pública, lo efímero de la fama. En cambio, toda la historia de Cartas desde Iwo Jima está encuadrada en la misma batalla: empieza con los soldados nipones preparando las trincheras para la llegada de los americanos y acaba con la captura del último soldado japonés. Pero además, e igual que Banderas seguía las andanzas de un grupo de soldados americanos, Cartas gira en torno a Saigo (Kazunari Ninomiya) un panadero que acaba de ser padre -aún no conoce a su hija- y al que parece que eso de la guerra no le va mucho.

La película es bastante severa con el ejército nipón, pues no duda en mostrarnos a oficiales que desobedecen las órdenes de sus superiores para ordenar a sus hombres que se suiciden. Así, Cartas logra dar otra vuelta de tuerca en un tema ya de lo más manido: el absurdo de todo conflicto armado. Pues mientras que en la mayoría de conflictos se pide el sacrificio del individuo en nombre de su patria, aquí llegamos a ver cómo se pide un sacrificio que ya no sólo no es beneficioso para el Estado, sino que le es perjudicial: se trata de un suicidio por honor, algo que en ciertas ocasiones se ha dibujado con un barniz poético, pero que Cartas nos muestra como un signo de barbarie. En medio de semejante tropa, tenemos al general Tadamichi Kuribayashi (Ken Watanabe), militar japonés que ha estado viviendo en América, y a Baron Nishi (Tsuyoshi Ihara), jinete que ha participado en las Olimpiadas de Los Ángeles: ambos acabarán dando una respuesta a la actitud ante el suicido del resto de oficiales durante la película, además de estar magistralmente interpretados.

En definitiva, el tema que domina Cartas desde Iwo Jima es el sacrificio personal: si vale la pena morir por nuestra patria, o por nuestra familia; o si quizás es mejor seguir viviendo precisamente por esa patria y esa familia.