viernes, abril 25, 2008

Mi Sant Jordi (2)

Llegó la tarde, y volví a la batalla. Porque sí, pasear por el centro de Barcelona el 23 de abril es, como mínimo, una batalla: las aceras absolutamente repletas de personas que probablemente no se han mirado un libro en su vida, pero ahí están, demostrando que son urbanitas, cultos y toda esa mierda.

En fin, que iba yo reflexionando sobre la estulticia del ser humano cuando me encuentro con la prueba del delito: una cola del cojón esperando al finalista del Planeta Boris Izaguirre, que aún no había llegado cuando ya hacía un rato que debía estar allí.


La foto es de más tarde, cuando apareció. Yo de mientras me dirigí al otro lado del mismo estand, donde estaba el filósofo Jesús Mosterín firmando sus obras. Tengo desde hace un tiempo su La naturaleza humana. Una anecdota: el hombre fue muy simpático al firmarme el libro, pero cuando me lo iba a devolver, va y me dice "Espero que te guste: habla de ti". Entre tanta gente yo estaba un poco ido, y lo primero que pensé es que se refería al mono de la portada y que me estaba vacilando o algo. Iba a hacerle un comentario sobre la profesión de su señora madre, pero, afortunadamente, la prudencia me lo evitó.


Después de un rato de espera, llegaba el plato fuerte, mi cita anual: las firmas de Don Vila-matas. Como todos los años, siempre me impresiona como este escritor barcelonés con aspecto de ser más bien tímido logra atraer una notable cantidad de seguidores que vienen a pedir su firma, haciendo de él uno de los autores más reclamados en Sant Jordi. Y eso que su literatura no es precisamente cercana al gran público.


Justo cuando llegaba mi turno, vino un hombre al estand que se pusó a hablar con Vila-matas. Así que tuve que esperar más. Al autor Màrius Serra, que se sentaba justo al lado de Vila-matas, le debió hacer gracia que yo me quedara esperando justo delante del autor, y me dijo: "Oye, si quieres ya te lo firmo yo. Que no sabes que soy yo el que le escribe los libros?" Lo que hizo que ambos empezarán a descojonarse.


Decidí volverme a casa: no soportaba más tal gentío. Con eso me perdía a autores como Juan Eslava Galán o Quim Monzó, pero ya no podía más. Sin embargo, por el camino me encontré con un autor del que sí tenía un libro: Javier Tomeo, que me firmó La hora del lobo. Fue muy simpático, asegurándome que su último libro, Los amantes de silicona, era mucho mejor que el anterior, sugiriéndome que lo robara si podía.


Y así acabó la jornada literaria. El año que viene más.