martes, abril 15, 2008

De la imposibilidad del guiñol social

Los setenta fueron unos años convulsos, tanto en la política italiana como en su cine. En el terreno artístico, la gran época del cine italiano daba sus últimos coletazos, para acabar teniendo su desenlace histórico con el oscuro asesinato de Pier Paolo Pasolini en 1975. Políticamente, el ya de por sí particularísimo panorama político italiano llegó a una situación límite durante los llamados anni di piombo (años de plomo), en la que los atentados cometidos por la extrema derecha y la extrema izquierda se cobraron cientos de vida, entre las cuales estaba la del primer ministro Aldo Moro.

Es en este entorno en el que debemos situar a la co-ganadora (junto a El caso Matei) de la Palma de Oro de 1972, La clase obrera va al paraíso. Es interesante comparar esta película con las grandes películas italianas del neorrealismo; mientras Alemania año cero o Ladrón de bicicletas son todo autocontrol en su aproximación a la problemática social de su tiempo, de la película de Elio Petri se destila un cierto tono guiñolesco que rompe radicalmente con lo esperado de una película política italiana. Se trata de algo que yo me atrevería a denominar spagghetti social, y no sólo por la presencia de Volonté y Morricone -magnífica banda sonora la de este último-, sino por cierto aspecto de vuelta de tuerca a un género tradicional mediante modificar la clásica utilización de hechos "anecdóticos" -un hombre al que le roban la bicicleta, un jubilado a punto de perder su vivienda...-, para, en vez de explotarlas a través de una puesta en escena fría, alienarlas por medio de cierta caricaturización, un método, el de la caricaturización, similar al de Sergio Leone. Es así como una gamberrada trata de convertirse en una vía cinematográfica seria.

Hay otra influencia que me gustaría señalar: la de Jean-Luc Godard, que precisamente a principios de los 70 atravesaba su etapa maoísta -de hecho, en Le Vent d'est Godard había contado con Volonté-. Y todas las películas de esta etapa de la obra godardiana arrastran un defecto que también acusa La clase obrera va al paraíso: que, aún siendo algunas de ellas estéticamente brillantes -pienso en particular en British Sounds-, son incapaces de influir en el espectador, de convertirse en entes ideologizantes. Quizás por esto, La clase obrera va al paraíso, a pesar de contar con un guión que pretende ser comprometido, a través de la historia de un obrero fabril que pasa de ser partidario del destajo a oponerse a él, y a pesar de utilizar esta peripecia individual para dibujar un boceto de las distintas posiciones existentes en la izquierda italiana; a pesar de todo esto, acaba dejando en el espectador cierta sensación de haberse enfrentado a un hecho puramente estético.

2 comentarios:

artemio dijo...

Estupenda tu labor. Gracias por entrar en mi blog y dejarme el comentario. Me ha sido de gran ayuda.
saludos

susana dijo...

Hola, soy Susana. Suelo leer con regularidad las noticias que publicáis en vuestro blog, y la verdad es que algunas despiertan mi curiosidad.

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